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Transforma tu empresa y recupera la ilusión perdida de ser empresario

Escrito por Iberdac | Mar 5, 2026 7:00:00 AM

El empresario es, por naturaleza, una persona optimista. Cree que puede gestionar personas, convencer a clientes, negociar con proveedores, lidiar con la administración pública en sus múltiples vertientes, idear nuevos proyectos y entender bien las claves de su sector, de manera que puede obtener un beneficio de todo ello. Con frecuencia siente pasión por su trabajo, y le dedica sus mejores esfuerzos. Le gusta crear cosas nuevas, y cuando las cosas salen bien, se entra en un círculo virtuoso en el que los resultados de las nuevas iniciativas que se crean refuerzan los buenos resultados.

 

El espiral negativo

Pero la realidad no es siempre amable con los empresarios. Los proyectos se tuercen con frecuencia: a veces las personas generan desengaños profundos, los clientes solo son fieles cuando les interesa, los proveedores siempre atienden mejor a sus clientes preferentes, la administración pública puede ser más un palo a la rueda que una ayuda y la senda de los beneficios desaparece. Un elemento clave adicional que añade tensión son las dificultades de tesorería; a partir de un punto, estas se normalizan, generando problemas con proveedores, personal y bancos.


En esta situación los proyectos que se inician no terminan de germinar, y el empresario dedica largas jornadas a resolver problemas creados por su propia empresa y no a crear negocio. La empresa puede quedarse próxima al letargo: durante periodos largos de tiempo la actividad es poca, los resultados muy mediocres, el endeudamiento alto, y el empresario ya no sabe por dónde tirar. Ha probado muchas cosas (unas para corregir deficiencias y otras para crear negocio) y ninguna le ha salido del todo bien; algunas le han salido abiertamente mal, y otras ni tan siquiera se han iniciado. 


Si esta situación dura mucho tiempo y el empresario empieza a tener una edad madura (por ejemplo, más de 55 años), el desánimo puede apoderarse de su alma. El empresario no tiene a nadie al cual pasarle los problemas. El esfuerzo que durante largos años le ha dedicado a la empresa, con elevados costes personales y familiares, no le han dado los frutos que el esperaba cuando inició su actividad. Ya no se cree con fuerzas para nuevos proyectos, y conduce su empresa en “modo supervivencia”. Hace lo justo para mantener la empresa, pero ha abandonado totalmente la visión del largo plazo. Su objetivo es salvar cada fin de mes y poder vivir un poco mejor de lo que había hecho hasta la fecha. Este estado de ánimo se contagia a los trabajadores; unos piensan en el tiempo que les queda para jubilarse, otros no quieren pensar nada y los más nuevos esperan adquirir un poco de oficio para irse a otro lugar con mejores perspectivas.


Esta situación es peligrosa. Toda situación desesperada es susceptible de empeorar: sin empuje, la empresa puede entrar en una pendiente negativa por acumulación de múltiples circunstancias: un empleado clave que se va porque no le ve futuro a la empresa, un buen cliente de toda la vida empieza a comprar menos porque está recibiendo propuestas novedosas de un nuevo competidor, algún proveedor ya no ofrece los descuentos que ofrecía porque la empresa ha reducido el volumen de compras, algunos trabajadores bajan su ritmo de trabajo y de implicación. Normalmente nada de esto es crítico por sí mismo, pero la acumulación de pequeños problemas sin resolver va añadiendo piedras que aceleran la decadencia de la empresa y el pesimismo del empresario.

 

La reacción

Para salir de esta espiral negativa, es necesario empezar a actuar. Es totalmente imposible intentar darle la vuelta a todo a la vez. El primer paso no es crecer: es volver a estar bien para poder decidir bien. El empresario debe elegir cómo empezar a mejorar la situación, en un punto concreto, que le requiera un esfuerzo moderado y que produzca resultados de forma clara. Pueden ser cosas tan sencillas como pintar la oficina o arreglar un poco los baños de los trabajadores del taller. Lo importante es que todos los integrantes de la empresa vean que algo está empezando a cambiar… a mejor.

Se puede seguir por cambiar algún proceso que no produce buenos resultados desde hace demasiado tiempo, pero que por estar todo el mundo acostumbrado a él, por no molestar a algún colaborador acomodado o por simple pereza, no se ha cambiado cuando debía. Ahora es el momento.

Los siguientes pasos ya han de ir encaminados a mejorar de alguna forma los resultados de la empresa. Si el día a día impide encontrar un espacio de tiempo para poder pensar en el próximo avance, es necesario buscarlo. Cuando todo pesa, el primer cambio no es en el negocio, sino en la gestión de la agenda del empresario. Por ejemplo, el martes por la tarde puede bloquearse, no teniendo reuniones, llamadas ni visitas, y dedicarse a buscar un éxito concreto, priorizando por su impacto positivo en la empresa. Aunque haya muchas cosas a corregir, el empresario debe centrarse en una. La ilusión no vuelve repentinamente; vuelve cuando se ganan pequeñas batallas cada semana.

Por ejemplo, los costes de los productos más vendidos pueden revisarse para detectar aquellos con los que se está perdiendo dinero, y eso permitirá el siguiente paso, salir de la oficina a buscar un cliente nuevo sabiendo hasta qué límites se puede llegar en la negociación de precios. Si bien estos nuevos proyectos estarán inmersos en el desánimo general de la empresa, es mejor empezar un único proyecto y terminarlo (aunque sea más tarde, aunque sea consiguiendo un 80% del objetivo previsto) que quedarse parado. Aunque aparezcan dificultades, es importante conseguir finalizar de forma adecuada lo que se ha empezado.

A veces, es mejor no hacer este proceso de forma individual. Puede ser conveniente buscar a alguien que aporte el empuje para empezar y terminar cosas y la experiencia para hacerlo bien. Buscar a este “alguien”, encontrarlo y acordar sus actividades puede ser un paso muy valioso. 

Recuperar la ilusión es recuperar la dirección; tener claras las prioridades y empezar a actuar en consecuencia.

Si estás valorando una consultoría, pide una primera sesión de análisis para entender qué palancas mover primero, con qué ritmo y cómo medir resultados desde el inicio.

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